miércoles, 15 de diciembre de 2010

INFIELES EN EL CAMINO


¿Quién era, Amor? -dijo él con tono de preocupación.
Mi marido… -murmuró ella poniéndose su ropa interior.
¿Y qué te dijo? -preguntó el amante exaltado.
Dijo que hoy no viene a cenar a la casa, porque estaba cenando contigo…
¿Qué nos lleva a los seres humanos a romper nuestros acuerdos de amor? ¿Para qué uno se compromete con una pareja y luego “busca afuera”? ¿Por qué nos permitimos ir tras la aventura?
Algunos dirán que “la rutina” mató la ilusión y la adrenalina de una relación clandestina los motiva a seguir día con día, otros “que la convivencia se ha tornado una costumbre de aire tan pesado” que es necesario salir afuera a refrescarse un poco; los hay quienes se dan el permiso de “enamorarse de otra persona”, los que lo hacen “por venganza” o “para llamar la atención”, los que sólo buscan “relaciones sexuales sin ataduras emocionales”, o una forma de comunicación incómoda para expresar que “la pareja ya se terminó”.
Muchos hombres y mujeres que se lanzan a la infidelidad, recurren a los brazos extraños para sentirse amados, deseados, importantes y para “sentirse rescatados” de la presión cotidiana que ejerce sobre ellos el matrimonio, la familia o la relación.
Lo cierto es que en busca de nuevos horizontes, y finales felices, momentos eternos de pasión, lujuria, arrumacos y besos; espacios en dónde la “felicidad eterna” sea una posibilidad, tan real como la infelicidad misma; perdemos el rumbo y siempre nos volvemos a encontrar “volviendo a empezar una y otra vez”.
Lo nuevo, lo cotidiano, es sublime, majestuoso. Lo miramos, admiramos y suspiramos. Casi tememos que al tocarlo, o rozarlo se puede quebrar y romper. Pero la experiencia nos cuenta al oído la historia que todos conocemos. Aquello conquistado, con el tiempo se devalúa, se desgasta y pierde “el sentido primario”.
Ese hombre casado que mira a la desconocida y entreteje en su mente la idea de que con ella “sería más feliz que con su esposa” es un simple hombre auto-engañándose.  Su esposa tiene las mismas cualidades que la “otra”, sólo que la cotidiana existencia le ha borrado la memoria. Pero si mira con los ojos del alma, reencontrará que las mismas cosas que lo enamoraron de ella, siguen vivas.
Las parejas generalmente cuando cruzan el puente del noviazgo para casarse o vivir juntas, creen que llegaron a la meta. Y que a partir de ahí no hay nada que hacer. Sin embargo, es el punto de partida y no de llegada. El amor debe alimentarse todos los días. Y la reciprocidad es un nutriente fundamental.
También tenemos a los que “nunca maduran emocionalmente” y necesitan vivir tras el peligro, las emociones fuertes,  lo dramático, lo alterado. Los que pretenden resolver problemas sexuales, los que buscan “probarse a si mismos” que aún pueden conquistar pese al advenimiento de la vejez.
Si repasamos el artículo, veremos que hay una extensa lista de justificaciones, explicaciones o excusas; para “romper acuerdos”, “violar la confianza depositada en nosotros”, “despedazar la palabra empeñada.”
Algunos hombres de ciencia han propagado la idea de que el hombre -género- es infiel por naturaleza; y yo, mujer de letras, propongo que la mujer –género- lo es por cultura. Por la cultura de la venganza, la revancha o el despecho. Y por favor no me mal interpreten, muchas mujeres también son infieles “¡porque sí!” y “¿por qué no?”, pero otras tantísimas lo hacen desde el resentimiento o rencor.
Antropólogo sexuales que durante años estudiaron abejas, aves y seres humanos, llegaron a la conclusión que vivir con una sola pareja de por vida es INSÓLITO Y ANTINATURAL.
La fidelidad es una cuestión SOCIAL cómo la mayoría de las situaciones que vivimos. En contextos sociales/culturales dónde se predica la monogamia, quien se sale del cesto es la manzana podrida; claro que públicamente, de forma solapada, la doble moral “livin’ la vida loca”.
Helen Fisher –antropóloga sexual- sostiene que “en algunas especies de aves y cisnes la pareja debe permanecer junta para el cuidado de las crías que tardan en independizarse. El 97% de los mamíferos no siguen juntos; sólo la especie humana debe cohabitar por razones paternales. La vigencia monogámica se mantiene por creencias culturales que ven en la separación una desgracia.”
¿Cultural? ¿Antinatural? ¿Impuesta por la religión? ¿Realidad o ficción? El origen no tiene importancia cuando la persona que amas te engaña; el dolor de la traición no busca la explicación del génesis para reparar el daño.
Lo que sí creo que al inicio de una relación es importante establecer la idea de la Fidelidad como un acuerdo de partes, y no como un hecho irrefutable. Plantear qué implica la fidelidad para cada uno y para la pareja; algunos hablarán de exclusividad emocional y libertad sexual; otros de exclusividad emocional y sexual, otras de libertad en todos los sentidos. Todo es válido, pero es mejor cuando es pactado en forma clara y concreta; no dejado al descuido, como un tácito coincidir.
Si convenimos en la idea de la única pareja con todos los derechos de exclusividad; habremos dado un gran paso para nuestro crecimiento personal. Pues sabremos que seremos fieles por elección y no porque “no hay de otra”; y cada día elegiremos estar con él o con ella; aún a sabiendas de que habrá otros más admirables, bellos, simpáticos y listos. Y que de toda la gama de posibilidades, cada día nos volvemos a elegir mutuamente.



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